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En la Placita San Juan de Dios, el histórico oficio de lustrar calzados se resiste a desaparecer

El uso de calzado deportivo, la rapidez de la vida moderna y la disminución de personas que utilizan zapatos de cuero hicieron que el oficio perdiera protagonismo. Poco a poco, muchos cerraron sus cajas de betún para siempre.

Melquiades Vásquez

Cada mañana, cuando el sol apenas comienza a iluminar las calles de Santiago, todavía se escucha el inconfundible sonido del cepillo rozando el cuero de un zapato. Es un sonido que, para mucha pasa desapercibida, pero que durante generaciones fue sinónimo de trabajo, dignidad y esperanza.

Según los veragüenses Gustavo Rodríguez, Erick Caballero, Marco Tenorio e Iván Castillo, en la histórica Placita San Juan de Dios sobreviven los últimos lustrabotas de la ciudad. Uno de ellos permanece junto a sus viejas cajas de madera, desgastadas por el paso del tiempo, esperan pacientemente la llegada de algún cliente.

Ya no son las largas filas de comerciantes, abogados, maestros o empleados públicos que años atrás acudían diariamente para darle brillo a sus zapatos antes de iniciar la jornada laboral.

Hoy los clientes son escasos. A veces pasa una hora, dos o hasta una mañana completa sin que alguien se siente frente al pequeño banquillo. Sin embargo, ellos si permanecen allí, fieles a un oficio que consideran parte de su vida.

"Esto nos dio de comer, nos permitió criar a nuestros hijos y nunca tuvimos que extender la mano para pedir", así lo comenta José Daniel Villar Ábrego uno de los veteranos lustrabotas, mientras con movimientos precisos devuelve el brillo a un par de zapatos negros.

Durante buena parte del siglo pasado, ser lustrabotas no era motivo de vergüenza. Al contrario, representaba una ocupación honrada que permitió a cientos de familias enfrentar las dificultades económicas. Muchos hombres comenzaron siendo niños limpiando zapatos en las plazas de Santiago y, con el fruto de ese esfuerzo, lograron educar a sus hijos, construir sus viviendas y ofrecerles un futuro mejor.

La Placita San Juan de Dios fue durante décadas uno de los puntos de mayor movimiento comercial de la ciudad. Allí convergían agricultores, viajeros, transportistas y comerciantes. Entre el ir y venir de la gente, los lustrabotas formaban parte del paisaje cotidiano y eran conocidos por todos. Más que limpiar zapatos, escuchaban historias, compartían consejos y eran testigos silenciosos de los cambios sociales y políticos que marcaron a Veraguas.

Pero el tiempo cambió las costumbres. El uso de calzado deportivo, la rapidez de la vida moderna y la disminución de personas que utilizan zapatos de cuero hicieron que el oficio perdiera protagonismo. Poco a poco, muchos cerraron sus cajas de betún para siempre.

Los pocos que permanecen activos reconocen que el ingreso ya no alcanza como antes, pero continúan trabajando porque, además de representar un sustento, este oficio es parte de su identidad.

"Uno se siente orgulloso porque todo lo que tiene lo consiguió trabajando honestamente", afirma otro de los lustrabotas, mientras acomoda cuidadosamente sus cepillos y frascos de betún, herramientas que han sido sus compañeras durante varias décadas.

Quienes frecuentan la placita consideran que estos trabajadores representan un patrimonio vivo de Santiago. Son hombres que, con humildad y perseverancia, escribieron una parte importante de la historia económica y social de la ciudad.

Quizás algún día las cajas de madera desaparezcan por completo y el sonido del cepillo deje de escucharse entre las bancas de la Placita San Juan de Dios. Pero mientras uno solo de estos hombres permanezca sentado esperando un cliente, seguirá viva la memoria de un oficio que enseñó que el trabajo digno siempre deja huellas, aunque el tiempo intente borrarlas.

Los últimos lustrabotas de Santiago no solo dan brillo a los zapatos. También mantienen encendida una tradición que recuerda que las grandes historias de un pueblo suelen escribirse desde la sencillez, el esfuerzo y la honradez de su gente.

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