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La vuelta a la normalidad de un poblado indígena tras el fin de la migración por el Darién

Bajo Chiquito pasó del bullicio al silencio. Con una población de alrededor de 400 habitantes, este poblado indígena a orillas del río Tuquesa llegó a recibir en los meses de mayor flujo migratorio más de 2.000 migrantes diarios, abarrotando unas estrechas callejuelas donde se habilitaron hospedajes, pequeños puestos de comida, tiendas de ropa o servicios de internet y recarga de celulares. La mayoría están ahora vacíos.

EFE

El poblado indígena de Bajo Chiquito, el primero al que llegaban a diario cientos de migrantes en Panamá después de cruzar la selva del Darién, está tratando de volver poco a poco a la normalidad tras el fin repentino del flujo migratorio hacia Estados Unidos por las políticas de Donald Trump.

Bajo Chiquito pasó del bullicio al silencio. Con una población de alrededor de 400 habitantes, este poblado indígena a orillas del río Tuquesa llegó a recibir en los meses de mayor flujo migratorio más de 2.000 migrantes diarios, abarrotando unas estrechas callejuelas donde se habilitaron hospedajes, pequeños puestos de comida, tiendas de ropa o servicios de internet y recarga de celulares. La mayoría están ahora vacíos.

Jason Mosquera, de 25 años, tiene desde hace cuatro años un pequeño puesto donde vende helados, bebidas o algunos platos de comida rápida como hamburguesas, además de conexiones a internet.

Impacto de las políticas migratorias

El joven recuerda con nostalgia a los migrantes, y cuenta que trataba de darles algo diferente después del paso por la selva, «como para cambiarle el sabor a ellos», en vez del habitual arroz y pollo de otros puestos.

Pero todo eso desapareció. Sin migrantes, los únicos clientes ahora son sus vecinos o algún visitante esporádico. «Un día normal yo atendía mínimo como 100 personas, hasta incluso más. Ahora solo atiendo en el día si acaso diez personas, seis personas. Ha bajado mucho», explica a EFE Mosquera.

Algo que nadie esperaba cuando en 2023 atravesaron la selva más de 520.000 personas, superando los 248.000 de 2022 o los más de 300.000 de 2024, cuando la tendencia indicaba que se superaría el récord previo.

Sin embargo, las medidas tomadas desde el inicio de su mandato en julio de 2024 por el presidente panameño, José Raúl Mulino, como el cierre de trochas o la firma de un acuerdo con Estados Unidos para realizar vuelos de deportación, o la victoria luego de Trump y sus políticas antimigratorias, provocaron el descenso abrupto de los pasos por el Darién.

Las cifras son rotundas. Según datos de las autoridades panameñas, en la primera mitad del año cruzaron el Darién hacia Norteamérica 2.927 migrantes, la mayoría de ellos en enero, 2.229, para ir luego descendiendo con 408 en febrero, 194 en marzo, 73 en abril, 13 en mayo y solo 10 en junio.

Una decena de migrantes el pasado junio que contrasta con los 29.722 que cruzaron el Darién ese mismo mes en 2023, o los 31.049 que lo hicieron en 2024.

Regreso a la normalidad

La ‘nocó’ o líder tradicional de Bajo Chiquito, Esmeralda Dumasá, cuenta a EFE que lo que el poblado está viviendo ahora es un regreso «a su normalidad», algo visible con los niños recuperando las calles.

«Ha quedado como antes unos años atrás. El pueblo ya normalizado, todos han ido para su cultivo. Todo normal (…) pero también hay una disminución de dinero, ha afectado mucho (porque) a los migrantes al pasar les brindábamos nuestro servicio», explica.

La mayoría son agricultores, dice, por lo que están retomando el cultivo del otoe (un tipo de tubérculo), maíz, arroz o plátanos, visibles a lo largo de la orilla del río Tuquesa, hacia el que viven volcados, donde pescan, lavan o se desplazan en sus canoas a falta de carreteras.

También esperan que las autoridades los apoyen para dar una nueva utilidad a un albergue, con capacidad para unos 900 migrantes, que estaban construyendo con sus «ahorros» en un descampado a las afueras del poblado.

El legado de la migración

Aunque los migrantes han desaparecido, el interés internacional que generó esta crisis llevó hasta Bajo Chiquito y otras comunidades proyectos de ONG u organismos como Cruz Roja, Cooperación Española, Hias, Médicos Sin Fronteras o diferentes agencias de la ONU como OIM, Acnur o Unicef, que proporcionaron a las poblaciones servicios de agua potable, salud o saneamiento, que continúan.

En la sala de espera del centro de salud de Bajo Chiquito, niños y mujeres indígenas de coloridos vestidos tradicionales han sustituido a los migrantes.

La doctora Katherine Rodríguez lleva destinada ahí más de un año.

Al principio, durante los días de flujo migratorio intenso, podían llegar a atender hasta 150 pacientes en una jornada, y aunque ahora todo es más tranquilo, no olvida algunos de los casos más graves, como víctimas de violaciones en la selva o «embarazadas fracturadas».

«Hubo (también) un accidente el año pasado para víspera de Navidad, creo que fue el 24 de diciembre, muy catastrófico: cayó un árbol encima de muchas carpas (con migrantes), salieron muchos heridos, murieron muchas personas», rememora la doctora a EFE.

Entre las víctimas, continúa, estaba «una chica de alrededor de 23 años, venezolana», que resultó herida grave de la columna. Ella venía con su hermano, que murió, y su hija de unos dos años.

Muertes en la selva

La tragedia dejó tres muertos y unos 20 heridos, tres de ellos de gravedad, según el recuento de la doctora y la líder local.

La ‘nocó’ afirma que una de las principales causas de muertes en la selva son las subidas repentinas del río: «A veces encontrábamos en un solo día cinco cadáveres».

En 2023 «fueron muchos, casi como 23 personas, porque el río en esos tiempos crecía cada rato más y más». «Acá nosotros como originarios, como indígenas, sabemos que cuando ya empieza a tronar va a crecer el río. Pero ellos no», explica.

Río arriba, hacia la selva, el guía Eutimio Bacorizo, de 24 años, cuenta cómo le tocó correr con esas crecidas repentinas, ayudando a los migrantes a guarecerse en zonas elevadas. Otros no tuvieron la misma suerte.

«Escuchamos lamentos, voces de lamento detrás de nosotros que gritaban, ‘¡Auxilio, ayuda!’. Y nosotros le respondimos y no había nadie (…) y cuando llegamos por aquí ya la creciente nos cogió y tuvimos que salir por la montaña corriendo para poder salvarnos», rememora.

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