LOS JUSTICIEROS
Los ronderos urbanos acorralaron a un hombre panzón, de baja estatura, en un mercado al aire libre de Cajamarca (Perú) y lo llevaron a la entrada. Dijeron que era un ratero.
Obligaron al hombre, de 42 años, a que vaciara sus bolsillos, se sacase los zapatos, se tirase al suelo e hiciese flexiones. El rostro del detenido reflejaba terror ya desde mucho antes de que sintiese el primer latigazo. Pegó un grito, se puso de pie de un salto e imploró misericordia, asegurando que era inocente.
Los hombres y las mujeres que lo rodeaban, quienes lucían chalecos que los identificaban como integrantes de patrullas ciudadanas y blandían látigos hechos con penes de toro retorcidos, no le creyeron.
Tras recibir una docena de latigazos, confesó y le pagó el equivalente a $60 a la mujer cuyo teléfono celular se había robado. Se bañó y lo dejaron ir.