Una pared derrumbada le arrebató la vida a la mujer de 68 años, cuya partida deja un profundo vacío en su familia y en una comunidad que hoy llora a una de sus hijas más queridas.
Entre lágrimas, abrazos y recuerdos, Macaracas le dio el último adiós a Elena Barría de Frías, quien falleció tras resultar gravemente herida durante el terremoto del pasado viernes.
Su muerte dejó una profunda tristeza en su familia y en los vecinos que hoy la despiden con el dolor de saber que una tragedia les arrebató a una mujer muy querida.
El sepelio se realizó en la Plaza Virgen del Rosario, en la barriada La Nestlé, cerca de su residencia, debido a que la iglesia del distrito permanece cerrada por los daños ocasionados por el sismo. Desde allí, el cortejo fúnebre acompañó a Elena hasta La Paula, en el área de Güera, donde finalmente descansan sus restos.
En medio de la despedida, el sacerdote Álvaro Sáez pronunció palabras que resumieron el dolor de toda una comunidad.
“Elena es el rostro de la tragedia”, expresó al recordar que, mientras muchas familias enfrentan la pérdida de sus viviendas y los daños en sus hogares, la familia Barría de Frías carga con una herida irreparable: la ausencia de una madre, una abuela, una vecina y una mujer que formaba parte de la vida cotidiana de Macaracas.
El sacerdote acompañó a sus familiares en este difícil momento, consciente de que detrás de los escombros y las paredes caídas hay historias humanas que no pueden reconstruirse. La casa de Elena todavía muestra las huellas del terremoto y el lugar donde un pedazo de pared cayó sobre su cuerpo, convirtiendo su hogar en el escenario de una tragedia que hoy enluta al distrito.
Amado Frías, hijo de Elena, agradeció las muestras de solidaridad recibidas en estas horas difíciles. Con la voz marcada por la tristeza, destacó el apoyo de los vecinos y del pueblo de Macaracas, que se ha unido para acompañar a la familia. Recordó, además, el cariño que su madre sentía por los niños y la cercanía que mantenía con quienes vivían a su alrededor.
Los vecinos la recordarán por su alegría, su buen ánimo y ese orgullo que sentía por sus raíces. Según compartieron sus familiares, dondequiera que llegaba decía con satisfacción que era macaraqueña. Una identidad que llevaba consigo y que hoy se convierte en parte del legado que deja a su pueblo.
La despedida de Elena no fue solamente el adiós a una mujer de 68 años. Fue también el abrazo de una comunidad golpeada por el terremoto, que intenta levantarse entre daños materiales, incertidumbre y dolor. Macaracas la despidió con tristeza, pero también con el cariño de quienes tuvieron la fortuna de conocerla.
Hoy, su nombre queda unido a una de las páginas más dolorosas de esta tragedia del país.
Y aquellas palabras del padre Álvaro Sáez resuenan como un llamado a mirar más allá de los escombros: Elena es el rostro de la tragedia, pero también el rostro de todas las familias que hoy necesitan consuelo, solidaridad y esperanza.









