- Sandra Alves, de 8 años, no quiere volver a la favela después de la clase.
Al otro lado del cruce elevado cubierto de pintadas y las vías del tren subterráneo, en un barrio pobre rodeado de rascacielos, Gabriela Aparecida, de 8 años, se acomoda el pelo rizado en un moño mientras espera por un aventón a su nueva actividad favorita: ballet. La delgada niña atraviesa la entrada hacia el sucio callejón para abrazar a la voluntaria de la iglesia que la llevará a su clase de baile.
Gabriela, quien ha crecido entre comerciantes de drogas y adictos, aún tiene que aprender a leer. Pero ella y otras niñas de un duro barrio conocido como cracolandia están aprendiendo el agraciado arte por cortesía de un grupo de una iglesia local que también les ofrece comida, asesoramiento y estudios bíblicos.
La clase es parte de varios grupos en los que jóvenes bailarinas esperan llamar la atención de una respetada bailarina brasileña que recluta a docenas de niñas necesitadas para un taller anual.
Dos veces por semana, más de 20 niñas de entre 5 y 12 años se suben a una camioneta Volkswagen y viajan 10 minutos a su clase.









