Él es musulmán, ella hindú. Él es indio, ella paquistaní. Ella es una muchacha en edad escolar que recién empieza su vida, él es un anciano con décadas de experiencia.
A pesar de sus diferencias, Malala Yousafzai, de 17 años, y Kaliash Satyarthi, de 60, estarán ligados para siempre como ganadores del Premio Nobel de la Paz 2014, que recibieron por haber arriesgado sus vidas en defensa del derecho de los niños a una educación y a una existencia sin abusos. Su selección fue bien recibida en todos lados, su heroísmo, innegable.
Pero en esta premiación hubo algo más: con sus selecciones, el Comité Nobel envió un claro mensaje a dos naciones enemistadas, India y Pakistán, de que si dos de sus ciudadanos pueden trabajar para el bien común, sus países también podrían hacerlo.
La identidad de los dos países parte de la firme oposición al otro. Se hicieron enemigos casi en el mismo momento en que se independizaron del Imperio británico en 1947 y desde entonces pelearon tres guerras, una de ellas por su disputa por Cachemira, la región del Himalaya que los separa. La semana pasada intercambiaron fuego en un cruce fronterizo y hubo más de una decena de bajas civiles.









