Sophrony Kirilov hala con esfuerzo las pesadas sogas de las campanas de la iglesia ortodoxa oriental más austral del mundo, llamando a todo aquel que quiera asistir a misa en esta remota isla antártica.
El sacerdote ruso de 38 años luce una sotana negra y un chaleco que tiene cosidos parches con imágenes de pingüinos y focas que representan sus cuatro años oficiando misa en este lugar. Si bien extraña a su familia y los inviernos oscuros y largos, dice que en ningún otro sitio se siente tan cerca de Dios.









