En el runruneo que corría por los pasillos del estadio Rommel Fernández, tras el empate 1-1 ante Estados Unidos, Felipe Baloy fue la comidilla. El fanático no sabía si sentirse feliz o decepcionado con el punto logrado, pero estaba claro a quién echarle la culpa: al capitán de la Roja, al veterano zaguero, de 36 años, que tuvo un agridulce partido número 101, con uno o dos aciertos salvadores, y un fallo penoso en el que lo hizo pagar la joven joya estadounidense de nombre Christian Pulisic.
La noche en la que se pidió su retiro
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Eduardo gonzález
- @Edgonzalez29





