Los zapatos nuevos brillaban al lado de la cama, mientras la camisa, el peticote, las medias y la falda, aguardaban su turno de uso guindados en una percha.
Hasta en estas piezas se proyectaba la emoción que su dueña sentía por desfilar el 3 de noviembre.
Cada noche del 2, las sacaba del guardarropa y las colocaba cuidadosamente a la mano. No podía fallar ningún detalle. Todo debía estar en orden para el gran acontecimiento.





